Camino en mis sueños, mis ojos anhelantes
fijos en ese horizonte de extraños colores,
buscan, escudriñan, crean escenarios distantes
para llegar hasta ellos que vacíos de olores
no guardan huellas, ni encuentros deseados,
rasgo los velos neblinosos que impiden
mi avance, duele mi corazón de tanto amado
ardor, de tantos palpitares que la soledad inhibe.
De pronto el sonido de agua que baja cantarina
desde una remota vertiente en esa montaña azul,
me sumerjo en ella, lleva pétalos y música de ocarina,
me mece, me transporta, me envuelve cual tul
y me dejo flotar y llevar, hermosas láminas desfilan,
recuerdos, retazos allí impresos, a veces olvidados.
Un imponente templo griego de mármol se perfila,
y allí ¡al fin te encuentro!, hijo mío, mi adorado.
domingo, 13 de junio de 2010
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